Chicago, 22 de Abril de 1926
Volví con Dave a la ciudad, a la zona más peligrosa de
todas, el barrio de la rata, tras un improvisado desayuno de pimientos y
cangrejos sumergidos en whisky que nos provocó un puntillo muy gracioso. Según
las indicaciones del Sr. Montoya la señorita Tamärersen se encontraba hospedada
en la pensión Mary Tomeno, lugar sórdido donde los haya, repleto de gentuza y
mierda por doquier, el sitio perfecto para que Le Troupe de la Caqué pudiese
operar sin levantar sospechas.
Al instante de entrar en el local nos llegó un olor
nauseabundo del fondo del pasillo, o al menos eso nos parecía hasta darnos
cuenta de que el asqueroso hedor provenía de nuestros pantalones. Sí, nos
habíamos cagado, a parecer los vegetales de la señora Vickinson que combinados
con el whisky y los cangrejos nos provocaron flojera intestinal con lo que Dave
y yo nos quedamos huecos. Pedí dinero “prestado” a Dave para comer algo en el pequeño restaurante de la pensión.
Mientras comía la bazofia del comedor algo me empezó a oler a chamusquina y no
precisamente por nuestros pantalones antes grises, ahora marrones. El barman,
que era bizco, tenía un ojo puesto en nosotros, el otro, a saber dónde estaría
mirando. Eso sólo podía significar una cosa, Tamärersen sabía que estábamos
allí y no tardaría en enviar a alguien a invitarnos “amablemente” a mantener
una conversación con ella.
Efectivamente llegaron dos matones de tres por quince a por
nosotros. Uno tenía cara de simpático y el otro de cabrón en potencia. Me hizo
gracia la extraña pareja y les puse respectivos motes: Sonrisas y Caraperro les
venía que ni al pelo. Sonrisas se nos quedó mirando con su amplia sonrisa de
dientes alargados y al cabo de unos instantes habló: “Viene o k ase?”.¡ La
madre que lo parió!. Era uno de esos borregos de la ciudad que seguía las
estúpidas modas que se iban imponiendo y el hablar así era una de ellas. No nos
quedó más remedio que obedecer, ya que Caraperro sacó el garrote de convencer.
Entramos en el despacho de Tamärersen, recorrí la estancia
con la mirada. No había nadie, o eso creía yo hasta que sentí que algo tiraba de mis pantalones
manchados de caca de detective. Ahí estaba ella. Era la señorita más enana que
mis ojos habían visto. Nos miraba a Dave y a mi con expresión graciosa. Sin yo
esperarlo me agarró de mis partes nobles y me las retorció.¡ Joder con la puta
enana de los cojones! Estaba tan muerto de dolor que en lo único que pensaba
era en salir de allí echando leches, pero el edificio estaba lleno de gorilas,
a eso añadirle que el cabrón y cobarde de Dave se había escondido debajo de una
mesa y se había puesto a llorar. No sabía cómo salir de esa, el dolor no me
dejaba pensar con claridad y probablemente lo tendría difícil para tener hijos
en un futuro si llegase a planteármelo, pero tenía que hacer algo y reuní la
poca concentración que me quedaba para ello, me armé de valor y actué lo más
rápido que pude.
CONTINUARÁ…
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