lunes, 16 de septiembre de 2013

PRISIONERA DEL CRISTAL

Aquel día en la aldea de Fanor se celebrara una gran fiesta, todo el pueblo reía y bailaba mientras el gran Sol iluminaba sus vidas. Era el día que todos, una vez al año esperaban, la recogida de la cosecha. Elodie no se encontraba allí. Era una chica extraña, considerada rara por la mayoría de sus vecinos. Solía adentrarse todos los días en el gran bosque de Sesám, a pocos kilómetros de la aldea, sin más compañía que una flauta dulce para amenizar el paseo.

A medida que se iba alejando de Fanor y adentrándose en el bosque, la calidez y sencillez crecían en ella hasta que llegaban a envolverla. Nunca se la conoció en la aldea por ser una persona abierta y afectuosa excepto claro está, su familia. Siempre actuaba como le parecía que debía ser y no como era en realidad, eso lo dejaba para los momentos de soledad en el bosque, donde podía componer y tocar sus melodías sin avergonzarse de nada. Era como si estuviera prisionera, cautiva de una jaula de cristal que se parecía a ella, hablaba como ella y se movía como ella, pero no lo era. La verdadera Elodie se encontraba en su interior, sintiéndose sola por  no poder salir de ahí salvo cuando sus piernas la llevaban al bosque.

Elodie llegó a su rincón preferido de Sesám, un gran claro con un lago en el que le gustaba bañarse todos los días que podía y evidentemente, ese día no fue la excepción. Mientras nadaba lentamente de un lado a otro pensaba en todas las personas que siempre le habían acompañado en su vida en la aldea. Lamentaba mucho no ser capaz de mostrarse como era a todos ellos, sólo unos pocos afortunados podían disfrutar del afecto de la chica y de toda su bondad. Ella no podía salir de su prisión, pensaba que, si lo hacía, podrían herirla el día menos pensado. Daba resultado pero resultaba ser un arma de doble filo, ya que se hacía daño a sí misma por dentro. Es por eso que no solía entretenerse a hablar con la gente no cercana a ella más de lo estrictamente necesario, empleando para ello conversaciones banales y fugas rápidas, tenía miedo de que alguien rompiera de repente su forma artificial.

Salió del lago, se secó y vistió. Empezó a tocar una de sus melodías preferidas, de esas que nadie se cansaría de oír ni aunque pasaran mil años. El claro del bosque se inundó de música, risa, llanto y todo tipo de emociones. Era como una segunda fiesta alejada de la aldea, la fiesta del corazón de Elodie.

Dio la casualidad que un joven pasaba cercano al lago y escuchó la flauta dulce de Elodie. Era lo más hermoso que había escuchado en su vida y no tuvo más remedio que quedarse a escuchar. Siguió avanzando hasta que, oculto desde la maleza él la vio. Todo lo que vio le dejó abrumado hasta el punto que fue incapaz de moverse, sólo su corazón latía con fuerza.

Cuando ella marchó el recobró el movimiento. No consiguió reunir el valor suficiente para aparecer ante ella, seguramente, por miedo a no volver a verla jamás o no conseguir romper el cristal que la mantenía prisionera siempre que había gente. El joven quería a esa Elodie, la que no se avergonzaba de nada, la que tocaba aquella preciosa música.

Elodie siguió volviendo todos los días al bosque de Sesám, y él... bueno él jamás pudo salir de allí.

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